Para redondear el posteo acerca de la Gran Pascua Rusa compartiré un puñado de versiones de la misma obra, y ofrecer algo así como un “caleidoscopio” de posibilidades de escucha.
La alusión al caleidoscopio, por cierto, también la hizo Rimskiy cuando explicaba la otra obra que nació aquel verano de 1888: Schéhérezade. Pero de ella hablaremos después.
No puedo ocultar que esta composición me apasiona. Una vez Cuervo, que subió esta obertura a su inmenso blog, deslizó una crítica posible: se trataría de una obra reiterativa. Frente a eso valga una observación personal: Rimskiy es una mente oriental, con muchas influencias occidentales, cierto, pero en esencia es un ruso. Su manifestación creativa difiere del modus operandi centroeuropeo, mucho más centrado en la estructura lógica del discurso musical. Rimskiy, en cambio, propone continuamente el valor tímbrico como elemento de contemplación auditiva; las repeticiones temáticas son a la vez variaciones instrumentales, dando justamente ese efecto “caleidoscópico” al fenómeno musical. Tiempo después los mismos compositores germánicos serían cautivados por las posibilidades cromáticas del sonido, creando la Klangfarbenmelodie, la melodía de colores. Ese incesante despliegue de imaginación orquestal tiene, no lo duden, un propósito razonado.No está de más recordarlo ahora, que les propongo una gira por varias interpretaciones de esta poderosa creación.
- Sólo deben pinchar sobre los directores para ir a la descarga
Abrimos con Neeme Järvi
dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo.
Gran versión la de este magnífico director estonio,
sin duda uno de los mejores intérpretes del
repertorio nórdico y eslavo en la actualidad.
Seguimos con Leonard Slatkin,
quien ofrece una brillante versión
al mando de la Orquesta Sinfónica St. Louis.
Una plasmación de hermoso sonido para dejarse sorprender.
Artur Rodzinski
, batuta histórica para no olvidar, cincela una suculenta visión al frente de
la Royal Philharmonic Orchestra.
Pero olviden la fama de Rodzinski; sólo escúchenlo.
Otra batuta que a mi juicio merece muchos más laureles
de los que ha recibido hasta ahora: Igor Markevitch.
Aquí nos ofrece su visión de la Gran Pascua Rusa,
dándole forma con el sonido siempre rotundo
de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam.
Esta es una de mis versiones preferidas. José Serebrier, director uruguayo, protegido de Stokowski y Dorati, demuestra un quilate de maestro. ¡Cómo acaricia cada sonoridad, y cómo realza la tensión con pulso firme y elegante! Me agrada mucho el valor que da a ciertas pausas. Aquí lo tienen dirigiendo a la Royal Philharmonic Orchestra.
Y finalmente, sí, la versión que ha seguido conservando mi predilección. Aunque de las anteriores muchas rivalizan con ella e incluso la superan... las tubas conclusivas son la gloria. Ni Rodzinski ni Serebrier podrán desbancarlas. Porque el corazón siempre tiene la razón, con Uds., Mr. Stokowski echando a volar a la Chicago Symphony Orchestra; esta última, definitivamente una de las Big Five americanas.
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