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LEÓN DE LUCERNA

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FURTWAENGLER: LA NOVENA DE LUCERNA

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La Novena de Lucerna


En la hermosa ciudad suiza de Lucerna, a orillas del Lago de los Cuatro Cantones, se celebra entre agosto y septiembre de cada año un festival de música. El mismo ha llegado a ser uno de los eventos más importantes de la Europa musical, atrayendo a personalidades estelares. En 1954, el Festival se inauguraba con puntualidad característica. Pero ese agosto sería diferente. Wilhelm Furtwängler se encaminaba a Lucerna para dirigir lo que pronto se convertiría en su testamento sonoro.

La historia de aquel momento es lo que conocerán a continuación, en artículo de nuestro querido Ernesto Nosthas que, con su venia, tengo el gusto de republicar. Acompaño sus lúcidas líneas con aquella memorable grabación. Sea éste mi regalo de Navidad para todos Vds. que distinguen esta página con su interés, incluso con su seguimiento, haciendo de ella un proyecto digno de afecto.




En esta entrega comentaré los últimos días del maestro Wilhelm Furtwängler con una de sus grabaciones finales, tal vez la última de todas (no he encontrado la bibliografía completa que sustente ese punto) y con toda seguridad la última interpretación pública que ofreció de la Novena Sinfonía de Beethoven, en el marco de los conciertos brindados antes de su muerte en 1954.

Cuatro grandes directores han marcado a la Filarmónica de Berlín desde su fundación a finales del siglo XIX: Hans von Bülow, Artur Nikisch, Wilhelm Furtwängler y Herbert von Karajan. La transición entre von Bülow y Nikisch no fue tan traumática como la habida entre los dos siguientes titulares. Karajan y Furtwängler siempre estuvieron unidos por un misterioso y constante lazo de respeto y celo. Furtwängler, durante la época nazi y en la posguerra, siempre estuvo mejor posicionado que Karajan en la vida cultural teutona, y hábilmente cerró espacios a su joven colega en los más importantes ámbitos de la música alemana y europea. En los años 50 la dicotomía llegó a ser problemática, dado que ambos compartían un importante vínculo contractual con EMI y su famoso productor, Walter Legge. Los celos profesionales entre ambos músicos obligaba a dividir escenarios y orquestas, con la balanza inclinándose casi siempre hacia el mayor: la Filarmónica de Viena para Furtwängler y la Sinfónica de Viena para Karajan / años no sucesivos en los Festivales de Salzburgo y Bayreuth / y por sobre todo la joya de la corona, la Filarmónica de Berlín, con la cual Furtwängler hizo siempre astutas y calibradas maniobras para mantenerla a distancia de Karajan.

Este comentario no pretende manchar la imagen de uno para exaltar la imagen del otro; fueron hechos históricos, en los cuales ambos artistas demostraron ser avezados negociadores que maniobraron con las cartas que tuvieron a la mano. Furtwängler consolidó su imagen con la Filarmónica de Berlín, mientras Karajan labró un buen nombre en Londres con la Philharmonia e hizo de la hermana menor de la Filarmónica de Viena, la Sinfónica, una orquesta de mucho respeto e importancia.

En este vaivén llegó el año 1954, encontrando a un Furtwängler sensiblemente desmejorado. Medicinas y tratamientos afectaron sensiblemente su productividad en los escenarios y en sus contratos de grabación. Lo más triste fue que el deterioro de su salud le acarreó una sordera irreversible, cuyos síntomas no era posible ocultar. El equipo técnico de la Filarmónica ideó un ingenioso sistema de colocar micrófonos entre la orquesta durante los ensayos y los conciertos, enviando la señal mediante cables escondidos hacia un cinturón especial diseñado para Furtwängler, con pequeños altavoces que amplificaban el sonido de la masa instrumental.

A dispensa de mejores referencias bibliográficas de los lectores y colaboradores del blog, podemos encontrar como testimonio de esos días finales los últimos trabajos discográficos del Maestro, que fueron:
  • 3 de marzo, 1954, Till Eulenspiegel de R. Strauss, con la Filarmónica de Viena para EMI
  • 27 de abril de 1954, la Tercera Sinfonía de Brahms con la Filarmónica de Berlín para DG
  • 22 de agosto de 1954, la Novena Sinfonía de Beethoven, en un concierto en vivo en Lucerna, Suiza, con la Philharmonia de Londres para el sello Tahra.

Y es precisamente esa última e histórica performance dada en la antigua Kunsthaus de Lucerna la que compartiremos con ustedes, amigos, en esta oportunidad.

Cabe destacar que luego de Lucerna, el último concierto en vivo dado por el gran director tuvo lugar el 20> de septiembre de ese año. Tras ello, cuando en un ensayo de su propia Segunda Sinfonía fue incapaz de escuchar las líneas de apertura en un solo de fagot del tercer movimiento, Furtwängler lloró, depositó la batuta en el atril y con voz quejumbrosa le dijo a los músicos: “Sí, gracias caballeros… esto es todo, adiós”. Fue la última vez que el maestro enfrentó a una orquesta. Nueve semanas después, luego de una penosa y difícil agonía, Wilhelm Furtwängler falleció totalmente sordo en la Clínica Ebersteinburg, en las afueras de Baden-Baden, el último día de noviembre de 1954.

Difícilmente pueden encontrar otra Novena con tanta carga de dramatismo, con tanto peso emocional. La Sinfonía Coral de Beethoven fue una obra que Furtwängler adoraba, y es opinión de sus críticos y admiradores que esta grabación nos deja un poderoso mensaje de superación de las adversidades y triunfo del alma frente al cuerpo. Después de este concierto, el director pasó casi una semana en cama en su hotel, totalmente exhausto y vencido por el esfuerzo.

Entre las grabaciones históricas que de esta obra hizo el maestro, muchos señalan dos antes que la que hoy les presento: la lectura en Berlín del 22 de marzo de 1942 (editada por Music & Arts CD-653) y la mítica grabación del Festival de Bayreuth del 29 de Julio de 1951 (editada por EMI CDH 7 69801 2). Sin embargo, el propio Furtwängler manifestó en sus últimos días a su esposa que en Lucerna, “interpretó esa Novena cuando ya tenía un pie en el otro mundo”. Finalmente, para aquellos que deseen profundizar en el mensaje y los contrastes entre estas tres maravillosas lecturas del Maestro, les recomiendo leer el análisis que ha puesto la Societé Furtwängler en su sitio web y también en MundoClasico.com


Ya en su lecho de muerte, Furtwängler dio su apoyo a Karajan para que fuese su sucesor, y de allí se labra la historia para que Karajan asuma informalmente la dirección de la Filarmónica de Berlín desde 1955, para luego suscribir el controversial contrato de “director vitalicio” en 1956, el cual ostentó hasta 1989. Pero eso, amigos y amigas, es otra historia. Disfrutemos ahora aquel divino momento histórico, la última grabación en vida (hasta que alguien me pruebe lo contrario) de Furtwängler. Preparen sus pañuelos, van a llorar con el inmensurable poder de esta interpretación.

En este histórico documento Wilhelm Furtwängler dirige al Coro del Festival de Lucerna (Festwochenchor) y a la Orquesta Philharmonia de Londres, mientras que el cuarteto vocal lo conforman Elisabeth Schwarzkopf (soprano), Elisabeth Cavelti (contralto), Ernst Häffliger (tenor) y Otto Edelmann (bajo).

D E S C A R G A

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John Dunstable

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DUNSTABLE, o el iniciador
del
Renacimiento en la Música


“Et ont prins de la contenance
Angloise et ensuy Dunstable
Pour quoy merveilleuse plaisance
Rend leur chant joyeux et notable.”

Martin Le Franc (c. 1440-1442)


John Dunstaple o Dunstable (c. 1390–1453) fue un compositor inglés de música polifónica de finales de la Baja Edad Media e inicios del Renacimiento. Además fue astrólogo, astrónomo y matemático.

Lo más probable es que naciera cerca de 1390, en la localidad de Dunstable, en el condado de Bedfordshire (Inglaterra). La mayor parte de los datos que tenemos de su vida son conjeturas, porque a ciencia cierta poco se sabe. Así por ejemplo, desconocemos como se inició en la música y cuáles fueron sus maestros.

Parece que era un hombre muy culto, aunque no ha quedado ninguna constancia que tuviera ninguna relación con las universidades de Oxford o Cambridge.

De lo que sí podemos estar seguros es que fue el compositor más activo de la primera mitad del siglo XV, y tuvo una gran influencia no sólo en Inglaterra sino también prácticamente en toda Europa, sobre todo en Francia (fundamentalmente en la Escuela Borgoñona [Guillaume Dufay, Gilles Binchois y Antoine Busnois]) e Italia.

Sirvió a Juan de Lancaster, Primer Duque de Bedford, cuarto hijo de Enrique IV y hermano de Enrique V, a la reina Juana de Navarra y al Duque de Gloucester.

Contrariamente a la mayoría de los compositores de su época es muy posible que no fuera clérigo, aunque durante muchos años, y así lo demuestran los textos de algunas composiciones, se mantuvo muy relacionado a la Catedral de Saint Albans, centro importante en el desarrollo musical del condado de Hertfordshire. Es probable que se haya casado y fuera el dueño de una mansión en el mismo Hertfordshire.

John Dunstaple falleció la víspera de Navidad de 1453, siendo enterrado en la iglesia de St Stephen Walbrook, en Londres, bajo el epitafio: “Conocedor del secreto de las estrellas”. La iglesia quedó destruida en el Gran Incendio de Londres en el año 1666, y restaurada en 1904; ahora la inscripción de su tumba reza así: “Príncipe de la música, matemático y astrónomo”.

Fue reconocido por el teórico flamenco Johannes Tinctoris como el padre de la llamada contenance angloise, estilo que se caracteriza por la suavidad del sonido y la dulzura armónica de “sextas” y “terceras” siempre presentes, gracias al contorno melódico desarrollado. Este tipo de sonoridad sería también utilizada por Guillaume Dufay y Gilles Binchois en la formación del estilo borgoñón.

La producción musical de la Inglaterra medieval fue prodigiosa, hay expertos que opinan que incluso superior al resto de Europa en su conjunto, pero, por desgracia, casi todos los manuscritos fueron destruidos durante la Reforma anglicana del siglo XVI. Así la mayor parte de los trabajos de nuestro compositor fueron recuperados en el norte de Italia y al sur de los Alpes.

Se le atribuyen unas cincuenta y dos obras aproximadamente, conservándose muchas de sus obras vocales, incluidas dos misas completas (Dunstaple fue uno de los primeros en componer misas usando una melodía simple como cantus firmus [melodía previa que sirve de base de una composición polifónica]), algunas series de diversos movimientos para misas, veintisiete arreglos sacros en latín, doce motetes completos y varios villancicos.

Dunstaple fue probablemente el compositor inglés más influyente de todos los tiempos, por encima incluso de Purcell o Britten. Sus obras completas no se publicaron hasta 1953, por la conmemoración del quinto centenario de su muerte, pero ya se han añadido algunas más, encontradas después, y se han quitado otras, falsamente atribuidas a él. Todo lo que hay a su alrededor sigue siendo un mal misterio y un buen campo para la investigación.

Y de este magnífico compositor, injustamente casi olvidado, os dejamos aquí un disco con nueve motetes, de una belleza inmarcesible, en la estupenda versión de Paul Hillier y su Hilliard Ensemble.
Salud, paz y muchas sonrisas por favor.

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Texto en versales. Texto visible.

Éstas son, sin lugar a dudas, unas de las obras por la que nuestro querido JOHANN SEBASTIAN es más recordado. Para muchos expertos los Conciertos de Brandeburgo están entre las obras más destacadas y trascendentales de la música universal. Recuérdese, en este sentido, que fue una de las composiciones elegidas para integrar el disco Sound of Earth (“Sonidos de la Tierra”) que las sondas espaciales Voyager, lanzadas por la NASA en 1977, llevan en su interior para dar a conocer la existencia de vida en la Tierra a alguna posible forma de vida extraterrestre inteligente que las encuentre.

La grandísima genialidad del conjunto radica en que se encuentra en el centro del triángulo formado por lo que serían los conciertos instrumentales del Barroco. Agotada la vía de los conciertos vocales de los barrocos temprano y pleno, el barroco tardío exploró, simultáneamente, tres posibles vías distintas, que situaríamos en los vértices del citado triángulo: el concierto policoral, el concerto grosso y el concierto solista, que sería prácticamente el único que sobreviviría desde el clasicismo.

Para los autores, compartirles una grabación fresca, indolente, joven de esos músicos checos fue una provocación, y, por qué no reconocerlo, un auténtico placer. Ahora queremos además provocarles a que piensen y vivan esas obras maestras de muchas formas. No hay una lectura definitiva; aun hoy al gran BACH lo reinventamos constantemente, porque su obra es atemporal y plástica, y está más viva que nunca.

Las primeras noticias que tuvimos de Marek Štryncl y su Musica Florea se remontan a 1994, cuando recibieron el Diapason d’Or por su grabación para Studio Matouš de la Missa Sanctissimæ Trinitatis de Zelenka, compositor en el que están especializados.

La interpretación que ofrecieron de nuestros Conciertos de referencia nos parece alegre, vibrante, enérgica, sensible (incluso sensual podríamos decir, si ustedes nos lo permiten), viva, y con un rango de registros emocionales impresionante.

Nos parece que está mucho más cerca de las de Franzjosef Maier con el Collegium Aureum, Reinhard Goebel con Musica Antiqua Köln, y Christopher Hogwood con la Academy of Ancient Music, que de las de Nikolaus Harnoncourt con el Concentus Musicus Wien o Trevor Pinnock con The English Concert, por citar sólo algunas de las más significativas entre las que siguen, como ésta, la vía historicista.

La grabación es excelente en todos sentidos, sonido, presencia, balance, rango dinámico, naturalidad, brillo... En definitiva: ¡DE AURORA BOREAL! Y esperamos, de todo corazón, que Musica Florea siga dándonos muchas más alegrías. Nosotros nos comprometemos a seguirlos día a día y sin descanso.

Y pasemos ahora a lo prometido en el post original.

Pues bien, los Conciertos de Brandemburgo de BACH, como una cabeza jánica trifronte, miran tanto hacia el concierto policoral (el primero y el tercero), hacia el concerto grosso (el segundo, el cuarto y el sexto), o hacia al concierto solista (el quinto). Pero pasemos a revisar uno a uno nuestros conciertos más queridos.


Gatosierra dixit: para nuestro “árbitro de la elegancia”, el amigo Ernesto Nosthas, el favorito es el Tercero, el más popular de toda la serie; por algo será. El Concierto de Brandeburgo nº 3 en sol mayor (BWV 1048), fue escrito originalmente para 4 violines, 3 violas y 3 violonchelos, y fue arreglado, posteriormente, para sólo 3 violines, 3 violas, 3 violonchelos (más bajo continuo).

Tiene la estructura tradicional italiana de Allegro – Adagio – Allegro. La influencia italiana del segundo concierto se mantiene en el tercero, aunque con un cambio importante en el dispositivo orquestal, pues Bach prescinde en esta ocasión de los instrumentos de viento para dar todo el protagonismo a las cuerdas.

Todo aquí se construye a partir de unas células rítmicas mínimas que constituyen la base de los distintos temas melódicos, trabajados contrapuntísticamente, con los dos distintos grupos de instrumentos ora separándose, ora oponiéndose, ora uniéndose en un tutti. Toda una lección, pues, de cómo puede componerse una obra maestra partiendo de los elementos más simples y elementales. ¿¡Tomó Beethoven esta obra como modelo para su inmensa Sinfonía nº 5!?

Y para mínimo, el segundo movimiento, indicado Adagio en la partitura, pero que únicamente consta de dos acordes, uno inicial y otro final, por lo que se cree que Bach dejaba este espacio libre a la improvisación del intérprete, en especial del primer violín o del clavecinista encargado del bajo continuo.

En el tercer y último movimiento, la danza parece adueñarse de la partitura, casi como si se tratara de un tiempo de suite.

Ernesto nos relata: Es imposible para el amigo que les escribe, mantener la cordura mental cuando lo escucha... Me provoca una alegría desbordante. Una anécdota particular me lo recordará siempre.

En lo más crudo del invierno de 2000, tuve la oportunidad de asistir becado a un curso a Washington DC. Fueron casi dos meses fuera de mi hogar con mi pequeño hijo Mauricio Ernesto, con apenas cinco meses de edad. La estadía fue apasionante y muy productiva, pero la nostalgia del hogar y de mi esposa e hijo eran notables. Ya a finales del curso asistí a un concierto en el Atrium de la Galería Nacional, en la cual se organizó una velada con los Smithsonian Players y el Tercero fue la pieza de cierre.

Recuerdo cómo caían los copos de nieve afuera de la Galería y cómo mágicamente parecían danzar al compás de la música y en medio de ese escenario, mis penas y nostalgias se reconfortaron enormemente, como solo BACH puede hacerlo en mi alma.


Ernesto Nosthas dixit: Para nuestro acucioso Elgatosierra los amores están en el Quinto. El Concierto de Brandeburgo nº 5 en re mayor (BWV 1050), para violín, flauta travesera y clavecín solistas, más cuerdas y bajo continuo, consta también de tres movimientos: Allegro – Affettuoso – Allegro.

De nuevo el grandísimo Bach consigue sorprender al oyente, en este caso haciendo que el clave, que hasta entonces había ocupado un papel de acompañante, alcance un protagonismo inusitado, al mismo nivel que el resto de los instrumentos. O más aún si cabe, pues suya es la larga cadencia a solo del primer movimiento, quizás escrita por el compositor para su propio lucimiento en alguna de las veladas de Köthen, posiblemente en el mismo clave que comprara en Berlín en 1718.

El tema del tercer movimiento está tomado de una giga de Buxtehude, músico al que Bach admiraba, sobre todo en lo que respecta a su música para órgano. Puede muy bien ser tenido como el primer gran concierto para teclado de la historia de la música.

El Gato nos cuenta: Un día de mediados de la década de los setenta del pasado siglo, uno de los hermanos de este gato ignorante e imprudente le invitó, conocedor de su gusto por la música, a acompañarle a comprar un nuevo equipo de música, y él no pudo ni quiso negarse. Ambos se dirigieron a la calle Barquillo de Madrid, a lo largo de la cual se alinean, a derecha e izquierda, un buen número de comercios especializados en estos aparatos.

El Gato llevaba bajo su brazo izquierdo una caja con dos discos: Los Conciertos de Brandeburgo de BACH en la estupenda versión de Benjamin Britten al mando de la Orquesta de Cámara Inglesa.

Después de entrar en varias tiendas y sopesar diversas opciones relacionando calidad y precio, eligen tres aparatos diferentes y proceden a intentar compararlos para decidir cuál comprar. El vendedor que les atiende sacó un disco de jazz de Modern Jazz Quartet, exactamente Solid State, donde Milt Jackson consigue con su vibráfono un sonido característico y espectacular, y fue a ponerlo.

Pero el Gato le rogó que por favor pusiera su disco. Y empezó a sonar el maravilloso Quinto concierto de Brandeburgo. Se hizo un silencio total en la tienda y todo quedó paralizado. El Gato le rogó al dependiente que subiera un poco más el volumen para poder escuchar mejor el rango dinámico y el dependiente así lo hizo. Cuando Philip Ledger se arrancó al clave secundado por Britten y la Orquesta de Cámara Inglesa, toda la tienda permaneció expectante y con el aliento contenido en un silencio celestial.

Al terminar la compra el dependiente le rogó al Gato que le vendiera su disco, estando dispuesto a pagarle el doble de su valor comercial.

Más diez años después el Gato volvió al mismo comercio a comprarse otro equipo de música y el mismo dependiente le reconoció, y le comentó que todavía utilizaba aquél disco de los Conciertos de Brandeburgo de BACH para seguir vendiendo aparatos de música, y que siempre le había dado unos resultados excepcionales.



Para cerrar estas reflexiones, les invitamos a visitar dos versiones caras a nuestros corazones:

del Tercero la del célebre Franzjosef Maier al frente del Collegium Aureum, y del Quinto la del inigualable Jordi Savall con Le Concert des Nations (al clave el excelente Pierre Hantaï).



Y ahora dos anécdotas más a propósito de estas obras.


Corría una tarde de comienzos de enero de 1967. George Martin (el productor de The Beatles) estaba tranquilamente en su casa, en Londres, viendo la televisión, y de repente sonó el teléfono. Ésta fue la conversación, más o menos, según cuenta en sus memorias:

George Martin: “Buenas tardes, dígame”.
Paul McCarney: “Hola George, somos John y Paul”.
George Martin: “Hola chicos, qué pasa”.
Paul McCarney: “¿George, estás viendo la televisión?”
George Martin: “Sí”.
Paul McCarney: “¿Qué es eso que está dando la BBC”.
George Martin: “Son los Conciertos de Brandeburgo de Bach”.
Paul McCarney: “George, qué instrumento es ese que produce ese sonido tan curioso”.
George Martin: “Es una trompeta piccolo chicos” (estaba sonando el segundo concierto).
Paul McCarney: “Queremos ese instrumento en nuestro próximo disco”.
George Martin: “De acuerdo chicos, me gusta la idea, mañana nos vemos en AR”.
Así nació el sólo de trompeta piccolo de The Beatles en Penny Lane, y el disco fue Magical Mystery Tour, verdaderamente un viaje mágico y misterioso, su noveno gran éxito. El 17 de enero de 1967 en los Estudios Abbey Road, en Londres, David Mason, entonces miembro de la Royal Philharmonic Orchestra, grabó el solo de trompeta piccolo que colorea esta preciosa canción.

¡Ah, y sabéis quien era el solista de trompeta piccolo del Segundo concierto de la versión de Britten antes mencionada! Sí, un tal David Mason, que también engrosaba las filas de esta Orquesta de Cámara Inglesa. Y es que el mundo musical también es un pañuelo.



Y… una pregunta anecdótica:

Aparte de un programa beethoveniano, Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín seleccionaron uno de los Brandeburgo para el más célebre de los conciertos que ofrecieron en Moscú el 29 de mayo de 1969 (todo un acontecimiento en medio de la guerra fría). ¿Cuál de todos fue?

Al lector que nos proporcione la respuesta correcta (adjuntar dirección de correo electrónico a Quinoff) le enviaremos un vínculo para que baje la música de esa maravillosa efemérides. En esa velada, este Brandeburgo fue el mágico complemento a una espectacular lectura de Karajan de la Décima de Shostakovitch con el propio Dmitri en el escenario.

Luego, ambos músicos posaron juntos en la Gran Sala de Conciertos del Conservatorio de Moscú, en un momento que pasó a la Historia.

El momento mágico: Shosta y Karajan, juntos en Moscú


Al final, para quienes con abnegación y cariño han sido capaces de llegar hasta aquí, un último regalito: la versión completa de los Brandeburgo en otra versión con instrumentos de época, quizá la que haya recibido más aprobaciones generales en los últimos años, la de Martin Pearlman con los Boston Baroque, con el magnífico Daniel Stepner como violín solista y el mismo Martin Pearlman al clave. ¡Para chuparse los dedos!

No dudamos que más temprano que tarde todas estas versiones de los Conciertos de Brandeburgo, de nuestro amado Bach, que aquí os hemos citado, estarán en vuestras colecciones de discos como ya lo están en las nuestras. Jamás os defraudarán, y recurrentemente podréis volver sobre ellas para vivir siempre aventuras inolvidables.

¡Así que ya sabéis: Salud, paz y más Conciertos de Brandeburgo por favor!
Y ahora, a disfrutar.
Ernesto Nosthas y Elgatosierra


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BRANDEMBURGO (y II):
Regresamos a los Conciertos

en versiones de...
Jordi Savall Franzjosef Maier Martin Pearlman

por Elgatosierra y Ernesto Nosthas


(Segunda Visita
a los Conciertos
Brandemburgueses
)

Amigas y amigos, volvemos con ustedes con reflexiones sobre la escucha de este maravilloso grupo de obras, nuestros queridos Conciertos de Brandeburgo de BACH.

Ojalá alguien haya conocido estas maravillas a través de nuestro post anterior, aunque creemos que lo más probable es que la mayoría hayan revisitado los Conciertos con la lectura de ese sobresaliente grupo de artistas checos que integran MUSICA FLOREA.

Éstas son, sin lugar a dudas, unas de las obras por la que nuestro querido JOHANN SEBASTIAN es más recordado. Para muchos expertos los Conciertos de Brandeburgo están entre las obras más destacadas y trascendentales de la música universal. Recuérdese, en este sentido, que fue una de las composiciones elegidas para integrar el disco Sound of Earth (“Sonidos de la Tierra”) que las sondas espaciales Voyager, lanzadas por la NASA en 1977, llevan en su interior para dar a conocer la existencia de vida en la Tierra a alguna posible forma de vida extraterrestre inteligente que las encuentre.

La grandísima genialidad del conjunto radica en que se encuentra en el centro del triángulo formado por lo que serían los conciertos instrumentales del Barroco. Agotada la vía de los conciertos vocales de los barrocos temprano y pleno, el barroco tardío exploró, simultáneamente, tres posibles vías distintas, que situaríamos en los vértices del citado triángulo: el concierto policoral, el concerto grosso y el concierto solista, que sería prácticamente el único que sobreviviría desde el clasicismo.

Para los autores, compartirles una grabación fresca, indolente, joven de esos músicos checos fue una provocación, y, por qué no reconocerlo, un auténtico placer. Ahora queremos además provocarles a que piensen y vivan esas obras maestras de muchas formas. No hay una lectura definitiva; aun hoy al gran BACH lo reinventamos constantemente, porque su obra es atemporal y plástica, y está más viva que nunca.

Las primeras noticias que tuvimos de Marek Štryncl y su Musica Florea se remontan a 1994, cuando recibieron el Diapason d’Or por su grabación para Studio Matouš de la Missa Sanctissimæ Trinitatis de Zelenka, compositor en el que están especializados.

La interpretación que ofrecieron de nuestros Conciertos de referencia nos parece alegre, vibrante, enérgica, sensible (incluso sensual podríamos decir, si ustedes nos lo permiten), viva, y con un rango de registros emocionales impresionante.

Nos parece que está mucho más cerca de las de Franzjosef Maier con el Collegium Aureum, Reinhard Goebel con Musica Antiqua Köln, y Christopher Hogwood con la Academy of Ancient Music, que de las de Nikolaus Harnoncourt con el Concentus Musicus Wien o Trevor Pinnock con The English Concert, por citar sólo algunas de las más significativas entre las que siguen, como ésta, la vía historicista.

La grabación es excelente en todos sentidos, sonido, presencia, balance, rango dinámico, naturalidad, brillo... En definitiva: ¡DE AURORA BOREAL! Y esperamos, de todo corazón, que Musica Florea siga dándonos muchas más alegrías. Nosotros nos comprometemos a seguirlos día a día y sin descanso.

Y pasemos ahora a lo prometido en el post original.

Pues bien, los Conciertos de Brandemburgo de BACH, como una cabeza jánica trifronte, miran tanto hacia el concierto policoral (el primero y el tercero), hacia el concerto grosso (el segundo, el cuarto y el sexto), o hacia al concierto solista (el quinto). Pero pasemos a revisar uno a uno nuestros conciertos más queridos.


Gatosierra dixit: para nuestro “árbitro de la elegancia”, el amigo Ernesto Nosthas, el favorito es el Tercero, el más popular de toda la serie; por algo será. El Concierto de Brandeburgo nº 3 en sol mayor (BWV 1048), fue escrito originalmente para 4 violines, 3 violas y 3 violonchelos, y fue arreglado, posteriormente, para sólo 3 violines, 3 violas, 3 violonchelos (más bajo continuo).

Tiene la estructura tradicional italiana de Allegro – Adagio – Allegro. La influencia italiana del segundo concierto se mantiene en el tercero, aunque con un cambio importante en el dispositivo orquestal, pues Bach prescinde en esta ocasión de los instrumentos de viento para dar todo el protagonismo a las cuerdas.

Todo aquí se construye a partir de unas células rítmicas mínimas que constituyen la base de los distintos temas melódicos, trabajados contrapuntísticamente, con los dos distintos grupos de instrumentos ora separándose, ora oponiéndose, ora uniéndose en un tutti. Toda una lección, pues, de cómo puede componerse una obra maestra partiendo de los elementos más simples y elementales. ¿¡Tomó Beethoven esta obra como modelo para su inmensa Sinfonía nº 5!?

Y para mínimo, el segundo movimiento, indicado Adagio en la partitura, pero que únicamente consta de dos acordes, uno inicial y otro final, por lo que se cree que Bach dejaba este espacio libre a la improvisación del intérprete, en especial del primer violín o del clavecinista encargado del bajo continuo.

En el tercer y último movimiento, la danza parece adueñarse de la partitura, casi como si se tratara de un tiempo de suite.

Ernesto nos relata: Es imposible para el amigo que les escribe, mantener la cordura mental cuando lo escucha... Me provoca una alegría desbordante. Una anécdota particular me lo recordará siempre.

En lo más crudo del invierno de 2000, tuve la oportunidad de asistir becado a un curso a Washington DC. Fueron casi dos meses fuera de mi hogar con mi pequeño hijo Mauricio Ernesto, con apenas cinco meses de edad. La estadía fue apasionante y muy productiva, pero la nostalgia del hogar y de mi esposa e hijo eran notables. Ya a finales del curso asistí a un concierto en el Atrium de la Galería Nacional, en la cual se organizó una velada con los Smithsonian Players y el Tercero fue la pieza de cierre.

Recuerdo cómo caían los copos de nieve afuera de la Galería y cómo mágicamente parecían danzar al compás de la música y en medio de ese escenario, mis penas y nostalgias se reconfortaron enormemente, como solo BACH puede hacerlo en mi alma.


Ernesto Nosthas dixit: Para nuestro acucioso Elgatosierra los amores están en el Quinto. El Concierto de Brandeburgo nº 5 en re mayor (BWV 1050), para violín, flauta travesera y clavecín solistas, más cuerdas y bajo continuo, consta también de tres movimientos: Allegro – Affettuoso – Allegro.

De nuevo el grandísimo Bach consigue sorprender al oyente, en este caso haciendo que el clave, que hasta entonces había ocupado un papel de acompañante, alcance un protagonismo inusitado, al mismo nivel que el resto de los instrumentos. O más aún si cabe, pues suya es la larga cadencia a solo del primer movimiento, quizás escrita por el compositor para su propio lucimiento en alguna de las veladas de Köthen, posiblemente en el mismo clave que comprara en Berlín en 1718.

El tema del tercer movimiento está tomado de una giga de Buxtehude, músico al que Bach admiraba, sobre todo en lo que respecta a su música para órgano. Puede muy bien ser tenido como el primer gran concierto para teclado de la historia de la música.

El Gato nos cuenta: Un día de mediados de la década de los setenta del pasado siglo, uno de los hermanos de este gato ignorante e imprudente le invitó, conocedor de su gusto por la música, a acompañarle a comprar un nuevo equipo de música, y él no pudo ni quiso negarse. Ambos se dirigieron a la calle Barquillo de Madrid, a lo largo de la cual se alinean, a derecha e izquierda, un buen número de comercios especializados en estos aparatos.

El Gato llevaba bajo su brazo izquierdo una caja con dos discos: Los Conciertos de Brandeburgo de BACH en la estupenda versión de Benjamin Britten al mando de la Orquesta de Cámara Inglesa.

Después de entrar en varias tiendas y sopesar diversas opciones relacionando calidad y precio, eligen tres aparatos diferentes y proceden a intentar compararlos para decidir cuál comprar. El vendedor que les atiende sacó un disco de jazz de Modern Jazz Quartet, exactamente Solid State, donde Milt Jackson consigue con su vibráfono un sonido característico y espectacular, y fue a ponerlo.

Pero el Gato le rogó que por favor pusiera su disco. Y empezó a sonar el maravilloso Quinto concierto de Brandeburgo. Se hizo un silencio total en la tienda y todo quedó paralizado. El Gato le rogó al dependiente que subiera un poco más el volumen para poder escuchar mejor el rango dinámico y el dependiente así lo hizo. Cuando Philip Ledger se arrancó al clave secundado por Britten y la Orquesta de Cámara Inglesa, toda la tienda permaneció expectante y con el aliento contenido en un silencio celestial.

Al terminar la compra el dependiente le rogó al Gato que le vendiera su disco, estando dispuesto a pagarle el doble de su valor comercial.

Más diez años después el Gato volvió al mismo comercio a comprarse otro equipo de música y el mismo dependiente le reconoció, y le comentó que todavía utilizaba aquél disco de los Conciertos de Brandeburgo de BACH para seguir vendiendo aparatos de música, y que siempre le había dado unos resultados excepcionales.



Para cerrar estas reflexiones, les invitamos a visitar dos versiones caras a nuestros corazones:

del Tercero la del célebre Franzjosef Maier al frente del Collegium Aureum, y del Quinto la del inigualable Jordi Savall con Le Concert des Nations (al clave el excelente Pierre Hantaï).



Y ahora dos anécdotas más a propósito de estas obras.


Corría una tarde de comienzos de enero de 1967. George Martin (el productor de The Beatles) estaba tranquilamente en su casa, en Londres, viendo la televisión, y de repente sonó el teléfono. Ésta fue la conversación, más o menos, según cuenta en sus memorias:

George Martin: “Buenas tardes, dígame”.
Paul McCarney: “Hola George, somos John y Paul”.
George Martin: “Hola chicos, qué pasa”.
Paul McCarney: “¿George, estás viendo la televisión?”
George Martin: “Sí”.
Paul McCarney: “¿Qué es eso que está dando la BBC”.
George Martin: “Son los Conciertos de Brandeburgo de Bach”.
Paul McCarney: “George, qué instrumento es ese que produce ese sonido tan curioso”.
George Martin: “Es una trompeta piccolo chicos” (estaba sonando el segundo concierto).
Paul McCarney: “Queremos ese instrumento en nuestro próximo disco”.
George Martin: “De acuerdo chicos, me gusta la idea, mañana nos vemos en AR”.
Así nació el sólo de trompeta piccolo de The Beatles en Penny Lane, y el disco fue Magical Mystery Tour, verdaderamente un viaje mágico y misterioso, su noveno gran éxito. El 17 de enero de 1967 en los Estudios Abbey Road, en Londres, David Mason, entonces miembro de la Royal Philharmonic Orchestra, grabó el solo de trompeta piccolo que colorea esta preciosa canción.

¡Ah, y sabéis quien era el solista de trompeta piccolo del Segundo concierto de la versión de Britten antes mencionada! Sí, un tal David Mason, que también engrosaba las filas de esta Orquesta de Cámara Inglesa. Y es que el mundo musical también es un pañuelo.



Y… una pregunta anecdótica:

Aparte de un programa beethoveniano, Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín seleccionaron uno de los Brandeburgo para el más célebre de los conciertos que ofrecieron en Moscú el 29 de mayo de 1969 (todo un acontecimiento en medio de la guerra fría). ¿Cuál de todos fue?

Al lector que nos proporcione la respuesta correcta (adjuntar dirección de correo electrónico a Quinoff) le enviaremos un vínculo para que baje la música de esa maravillosa efemérides. En esa velada, este Brandeburgo fue el mágico complemento a una espectacular lectura de Karajan de la Décima de Shostakovitch con el propio Dmitri en el escenario.

Luego, ambos músicos posaron juntos en la Gran Sala de Conciertos del Conservatorio de Moscú, en un momento que pasó a la Historia.

El momento mágico: Shosta y Karajan, juntos en Moscú


Al final, para quienes con abnegación y cariño han sido capaces de llegar hasta aquí, un último regalito: la versión completa de los Brandeburgo en otra versión con instrumentos de época, quizá la que haya recibido más aprobaciones generales en los últimos años, la de Martin Pearlman con los Boston Baroque, con el magnífico Daniel Stepner como violín solista y el mismo Martin Pearlman al clave. ¡Para chuparse los dedos!

No dudamos que más temprano que tarde todas estas versiones de los Conciertos de Brandeburgo, de nuestro amado Bach, que aquí os hemos citado, estarán en vuestras colecciones de discos como ya lo están en las nuestras. Jamás os defraudarán, y recurrentemente podréis volver sobre ellas para vivir siempre aventuras inolvidables.

¡Así que ya sabéis: Salud, paz y más Conciertos de Brandeburgo por favor!
Y ahora, a disfrutar.
Ernesto Nosthas y Elgatosierra

El Bardo de la Aurora

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Las auroras boreales son uno de los espectáculos más hermosos de toda la naturaleza. Finísimos velos de partículas iridiscentes transfiguran la noche, esparciendo colores casi mágicos desde una altitud difícil de precisar, mientras el viento solar anima sus impredecibles ondulaciones.

El esplendor majestuoso de la Naturaleza ha cautivado a menudo la imaginación de grandes artistas, infundiendo ideas en ellos como si les comunicara una visión del Absoluto. Dicen que un monje intuyó las ojivas del gótico en dos ramas entrecruzadas. Yo les confieso que las auroras boreales me remiten directamente a los ostinati de Sibelius, esa “pátina sonora” que emerge de las cuerdas mediante la insistente repetición de un motivo breve, arropando en su murmullo la melodía que está a punto de ocurrir. Permítanme, pues, una recomendación ingenua: cuando escuchen a Sibelius, piensen en las auroras boreales.
Para explicarme mejor, les propongo un experimento. Abajo coloqué una filmación de auroras boreales durante una noche noruega. Luego, otra barra tentadora que tiene música de Sibelius: el inicio de su poema sinfónico “En Saga”. Pinchen primero el video, dejen que caiga la noche (00:19) y pinchen la música. Luego, sólo mezclen las sensaciones y verán cuán cercano estaba Sibelius a la naturaleza nórdica. Un Bardo de las Auroras.







Beethoven + ElGato (I)

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BEETHOVEN (I)
Variaciones sobre una Marcha de Dressler, WoO 63 & Sonatas ‘Kurfürstensonaten’, WoO 47

por Elgatosierra


¡Estáis todos locos!” ~ Beethoven, entre
carcajadas, después de haber dejado
absolutamente anonadados a sus amigos
con una improvisación al piano.



PRIMERA PARTE (de dos)

Aquí empieza esta serie de ensayos dedicados a nuestro GIGANTE. Corren los años 1793-1795, y es el principio de su carrera oficial como compositor. Estamos al comienzo de la Edad Contemporánea, caracterizada en Europa por la aceleración de los procesos económicos y el desarrollo científico y tecnológico.

Nos hallamos en plena Ilustración, en la que el ser humano alcanza su independencia y mayoría de edad con la ayuda de su entendimiento y su capacidad para el juicio crítico (KANT).



La Ilustración lleva a la ruptura con el antiguo orden y a un nuevo concepto de la dignidad, libertad y felicidad del individuo. Así encontramos, por ejemplo:
- la declaración de los derechos humanos (EEUU, 1776 ss.);
- la ruptura con la vieja sociedad estamental en la Revolución Francesa (1789);
- la abolición de la esclavitud, el llamamiento a la tolerancia religiosa, la secularización de la sociedad...

Por su parte Alemania, que aún no es Alemania, se encuentra al final del Sacro Imperio Romano Germánico. Desde 1740 en adelante, el dualismo entre la monarquía Habsburgo de Austria y el Reino de Prusia dominó la historia alemana. En 1806, el Imperio fue invadido y disuelto como consecuencia de las Guerras napoleónicas.

Bonn desde el siglo XIII hasta fines del XVIII perteneció al territorio de los príncipes-arzobispos electores de Colonia, que establecieron allí su residencia. En el siglo XIX, luego de la derrota de Napoleón, la ciudad pasó a pertenecer al reino de Prusia.

En el ámbito de la música estamos en el CLASICISMO PLENO (1780-1800), caracterizado por la perfección de la forma, el profundo contenido humanista y el ideal de belleza. CLÁSICO significa, en general, lo ejemplar, verdadero, bello, lleno de proporción y armonía, además de sencillo y comprensible. Mozart había compuesto el Réquiem y La flauta mágica en 1791 poco antes de morir, Haydn los 3 Cuartetos de cuerda, Op. 71 y los 3 Cuartetos de cuerda “Apponyi”, Op. 74, las 12 Sinfonías “Londres”, n.º 93-104, y el Trío con piano n.º 25, en Sol mayor, Hob. XV: 25.

Sobre el BEETHOVEN de Bonn, que abarcaría toda su infancia y adolescencia, se sabe muy poco. Parece ser que su padre quiso hacer de ÉL otro niño prodigio, como MOZART, y casi nos lo desgracia. El padre de WOLFI, por suerte para todos, sabía bastante más de pedagogía musical que este empedernido borrachín.

Esta es la lista de los profesores de música de nuestro GIGANTE: Johann van Beethoven (su padre, piano y violín), Pfeifer (clave), Eeden (teoría, órgano y violín), Rovantini (violín y viola), MOZART (?, abril 1787), NEEFE (composición, bajo cifrado, clave y órgano), Förster (?), Haydn (composición), Schenk (contrapunto), Albrechtsberger (contrapunto) y Salieri (música vocal italiana). ¡La listita no está mal, verdad!

Christian Gottlob NEEFE llegó a Bonn en 1779, como director musical de una compañía de teatro que el Arzobispo y Elector de Colonia Maximilian Friedrich tuvo el buen gusto de incorporar a su amplio tinglado artístico. Más adelante le nombró organista de la Corte. En aquellos tiempos los aristócratas acaudalados ejercían de mecenas de los artistas más importantes.

NEEFE fue el primero en darse cuenta de la valía de BEETHOVEN, y un verdadero educador, un MAESTRO con mayúsculas, sabiendo sacar y hacer brillar los mejor que su alumno llevaba dentro, limando sus asperezas y animándolo continuamente. Y un detalle curioso, NEEFE poseía una copia manuscrita del Clave bien temperado de BACH que nuestro GIGANTE aprendió a tocar de memoria rápidamente, y que estuvo interpretando a placer durante toda su vida.

Y aquí están sus fuentes fundamentales: sobre todo MOZART (sus 10 últimos conciertos para piano, sus 6 últimas sinfonías, Las bodas de Fígaro, Don Juan y La flauta mágica [supongo que ya se imaginan ustedes lo que se me está pasando ahora mismo por la cabeza]) y Haydn; luego GLUCK y Cherubini; y por fin Clementi y Dušek. Carl Philip Emmanuel Bach, Dittersdorf, Händel y JOHANN SEBASTIAN BACH están presentes de forma muy difuminada.

Nuestro GIGANTE acababa de llegar a Viena, ciudad de la música por antonomasia en aquella época, y que tiene unos doscientos mil habitantes, y se está instalando, a la vez que intenta hacerse un hueco entre en enjambre de pianistas que pueblan los palacios de la corte y la aristocracia. La música de MOZART ha sido prácticamente olvidada (así de crueles son los habitantes de esta bonita ciudad), y están de moda Haydn y Salieri.
Y, ahora, a lo que vamos. Lo primero que quisiera hacer es recordar que habíamos planteado un recorrido cronológico por las obras fundamentales de BEETHOVEN, y quiero puntualizar que este periplo diacrónico no coincidirá con una sucesión rigurosa de los números de opus de sus composiciones, pues ÉL mismo no los respetó. A veces iremos en este sentido hacia adelante y otras hacia atrás, pero siempre progresaremos respetando las fechas de composición.

Ahora quisiera pedir perdón por haber escogido esta obra para empezar esta serie de ensayos dedicada a nuestro GIGANTE.

Muy bien podría haber escogido cualquier otra: quizá las Nueve Variaciones para piano sobre una marcha de Dressler, en do menor, WoO 63 [1782] [aquí os las dejo para ir calentando motores]; quizá alguna de sus primerísimas sonatas o sonatinas para piano (las 3 Sonatas ‘Kurfürstensonaten’, WoO 47 [?1783] [también os las dejo aquí mismo para seguir calentando motores]); quizá alguna de las primeras cantatas (la Cantata en la muerte del Emperador José II, WoO 87 [1790], o la Cantata en el ascenso al trono del Emperador Leopoldo II, WoO 88 [1790]); quizá la Sonata para piano, en fa mayor, WoO 50 [antes de 1793]); o cualquier otra. Pero he decidido que sea ésta. Perdón, ya saben ustedes que sólo soy un gato ignorante e imprudente.

El niño Beethoven ha venido para presentarse en persona, y para regalaros: la maravillosa versión de Mikhail Pletnev de sus Nueve Variaciones para piano sobre una a Marcha de Dressler, WoO 63; y las 3 Sonatas ‘Kurfürstensonaten’, WoO 47 en la estupenda versión de Jörg Demus



Elgatosierra

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»Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María«
G E R S H W I N

Tiempo atrás Elcuervolópez me reclutó junto a otros para una idea muy inspiradora: describir nuestra relación personal con un autor clásico. La petición me puso en aprietos. Para quien tenga la fortuna de zambullirse en el océano de la música clásica, elegir un solo favorito es un acto de infidelidad.

Ningún creador es intercambiable. Época tras época los estilos se suceden unos a otros, las especias musicales se combinan, las buenas ideas se reciclan o se saquean, pero así y todo, nada es redundante; cada época es la cuna de obras propias, de una particular gama de sentimientos e ideas. Las habrá más modestas o más imponentes, más heroicas o más íntimas, más profundas o más triviales, pero todas atesoran algo parecido a un “alma”, una especie de chispa comunicada por su creador, que las hace irrepetibles y perdurables.

No tardé mucho más en decidir; si el talento de un compositor consiste en estampar su alma en sus obras, pocos pudieron hacerlo al modo de Franz Peter Schubert.

Aun así, no siempre experimenté el mismo entusiasmo.

* * *
Cuando uno es niño, el mundo sólo tiene una frontera: la que divide lo que nos gusta de lo que no. Schubert estaba en “lo que no”; había tenido la mala suerte de oír algún cuarteto suyo en la radio de casa… y aquella primera impresión no fue feliz. Hay poco feeling entre un niño latinoamericano y una abstracción germánica. Así fue como asocié el nombre “Schubert” a formalismo, adornos “rizados”, lejanía académica, en suma, artificio.
Opinión infantil que se vendría abajo con tres “golpes”.

Silueta de Schubert al piano

El primero llegó desde la misma radio, que cierta tarde liberó un piano hipnótico. Eran los impromptus. Hasta conseguí las partituras para conocerlos mejor; tanto me fascinaron. Se percibía en ellos la fluidez de un auténtico iluminado, comparable a Mozart en facilidad creativa pero con menos escuela, menos andamiaje, y por eso más espontáneo. Schubert, por fin lo entendía, no tenía el desborde imperativo de Beethoven, sino una inspiración bullente y lozana que salía en busca de los hombres para cantar con ellos.


Impromptu en Fa menor, D 935: precisamente la parte que me deslumbró.

Sus canciones fueron el segundo “golpe”. Desconfío de la popularidad pero, intrigado por la fama incombustible de los lieder schubertianos, adquirí un disco con el Schwanengesang y otros a cargo de la dupla Fischer-Dieskau & Gerry Moore. Cada lied me llegó de manera desigual, unos más y otros menos, pero la música que habitaba en ellos fue una nueva revelación.


‘Margarita en la Rueca’, una de las más admirables canciones nunca escritas... y a los 17 años!

Por encima de su evidente belleza, los lieder me parecieron “frutos de vida interior”; esto es, obras gestadas sin remiendos en el seno de una mente riquísima, concebidas de un solo plumazo, esencial e irrevocable, al modo de ciertos sueños que uno reconstruye claramente al despertar. De aquí proviene esa sensación de “facilidad” a que antes aludí. El esfuerzo no es un rasgo que distinga a Schubert como sí ocurre en Beethoven o Brahms, mucho más artesanos de su propia inspiración.

¿El tercer golpe? Schubert en la orquesta. La obertura de Rosamunda, prototipo sinfónico que reúne poder y delicadeza, tomó mi cabeza por asalto, junto a la trompa inaugural de la Sinfonía en Do mayor (“la Grande”); ni qué decir la Sinfonía “Inconclusa”, un prodigio que siempre superará a una larguísima lista de otras sinfonías que a falta de inspiración, acumulan movimientos.


Sinfonía Inconclusa, en versión de Szell. La famosa melodía de los cellos.

Algún musicólogo ha dicho que la instrumentación no siempre es lo mejor de Schubert, pero su sensibilidad con las maderas y los violonchelos, amén de la trompa, es innegable. Tres timbres que, curiosamente, son muy afines al registro de la voz humana, el instrumento de los lieder. Otra baza de Schubert es su maestría como constructor musical, junto a una capacidad innata para manejar el lenguaje sinfónico, adecuándolo hasta comunicar su propia identidad. Conseguir eso en la misma época y la misma ciudad de Beethoven, es doblemente admirable.

Schubert tiene un sello: su melodía. Ella es “la sangre” que circula en sus obras, la llave maestra que resuelve la composición. Arrau dijo (y otros también) que todo canta en Schubert. Es perfectamente cierto. Pero hay más que sólo melodía; creo que estamos tan acostumbrados al “cromatismo” que se abrió paso desde Chopin hasta los últimos límites del posrromanticismo, que solemos advertir poco la capacidad schubertiana en estas faenas, cuando precisamente junto a la melodía, su sello más personal es su manejo armónico, lleno de geniales modulaciones (=el movimiento entre armonías afines) que se aventuran a veces más allá de las siguientes dos generaciones en Alemania (salvo Beethoven, claro, que con la “Gran Fuga” se saltó todo el resto del siglo XIX).

Me falta añadir todavía algo más. Algo que en mis oídos lo distingue a él, a Mozart o a Mahler. Estos tres —cada uno a su modo— lograron representar la presencia simultánea del dolor y la alegría. Una duplicidad tan sutil como la definición de la ópera Don Giovanni (dramma giocoso) y que, al final, retrata las ambigüedades de la vida misma. Schubert deambula del modo mayor al modo menor y viceversa; sus músicas, aunque sean tristes, en algún momento ríen, y si son alegres, en algún momento se entristecen; pero lo hacen de forma natural, orgánica, en un perfecto “sfumato” de emociones integradas y en continuo movimiento. Vivificó la esencia de la melodía, y en eso dejó impreso el sello de su genio.

Se dirá que todos los compositores se deslizan entre el modo mayor y el menor. Es verdad, pero Schubert sabe hacerlo de manera imprevisible. Y sin desintegrar el canto.

Curiosamente, Schubert fue un genio de numerosas obras inacabadas, que pese a todo resultan coherentes y perfectas. La Sinfonía apodada “Inconclusa” es la más clara muestra: quizás una de las mejores sinfonías jamás compuestas, le bastan sus dos únicos movimientos para plantarle cara a la eternidad. Pues bien, la propia vida de este gran artista se incluiría en la lista de obras magníficas sin acabar... y sólo después nos daríamos cuenta que sí estaban completas. A ese gran bohemio, amigo de la noche vienesa, le bastaron sólo 31 años para lograr la inmortalidad. Eso es una vida plena.

Franz retratado junto a dos buenos amigos

* * *
Si Beethoven murió escribiendo cuartetos, Schubert lo hizo escribiendo canciones. Nada mejor que homenajearlo con ellas… y con un guiño al mundo mahleriano que caracteriza al amigo para quien escribí estas líneas, Cuervolopez.
Para ustedes, pues, la carpeta “Schubertiada”.



La “estrella” para compartir en este “post” es el disco de canciones schubertianas con acompañamiento orquestal, al estilo del Lied Sinfónico que Mahler consagraría. Thomas Quasthoff y Anne Sophie von Otter deleitan con grandes interpretaciones, “arropados” por la Orquesta de Cámara Europea bajo la batuta de Claudio Abbado. Las pistas van por separado dentro de la carpeta. Tomen lo que quieran y déjense llevar a las cimas de la belleza, en las alas de Schubert. PINCHAR EN LA IMAGEN DEL DISCO