Korngold




Didácticamente hablando, la mejor manera que se me ocurre para presentar a Korngold es la siguiente ficción:


Imagínense que Mahler no muere en 1911. Sobrevive como creador activo pero, a los pocos años, el antisemitismo se ceba con la brillante intelectualidad ashkenazy (los judíos centroeuropeos). Nuestro Mahler pierde su categoría, su prestigio, su trabajo y acaba marchándose a un país extranjero (EE.UU.). Allí experimenta una desolación artística: las convenciones culturales maduradas durante siglos en Europa, de las cuales se nutre su lenguaje personal y lo justifican como artista... todo eso queda atrás, sumido en la guerra.



Como si fuera una perla que ha rodado muy lejos de su anillo, nuestro alter-Mahler siente un escalofrío de incertidumbre. Pero el Cine, esa pujante industria que ya antes había golpeado su puerta, viene otra vez a pedirle... música de películas. Este rubro modesto no es lo que esperaba un admirador de “El Anillo del Nibelungo”; pero también Wagner compuso para el vodevil, y nuestro héroe no tarda en recuperar la voz. El talento de antaño florece de nuevo en una adaptación imprevista —pero magnífica— que le merece laureles made in America. Sucederá entonces algo más: sus bandas sonoras, escritas con maestría de cuño posrromántico, junto con prestigiar el oficio y alzarse por sí solas como obras maestras, inauguran una veta de estilo que se prolongará hasta las grandes bandas sonoras sinfónicas de nuestros días.

No pretendo sugerir con esto que John Williams o cualquier otro gran creador de soundtracks orquestales —Rosza, Herrmann, Goldsmith, Shore, etc.— sean en realidad tataranietos encubiertos de Mahler; pero sí creo que esa música grandilocuente y expresiva, punto de honor para toda superproducción que se precie, sería irreconocible sin aquel desterrado genio ashkenazy, que injertó en el cine sus propias tradiciones culturales. Será por eso que cuando hago sonar una sinfonía mahleriana o un poema sinfónico de Strauss, siempre alguien comenta: “...parece música de película...”

* * *

El Mahler hipotético, claro está, es Korngold. Erich Wolfgang Korngold, niño prodigio, judío proscrito, creador genial y hombre desafortunado. Checo de origen, no hubo para él, a pesar del apellido, ni oro ni coronas. Su peculiar biografía artística se escribió en zig-zag: fama y admiración acumuladas en la niñez y primera juventud, arrebatadas después por el trágico remolino de cambios y confusiones que sacudieron el siglo, y nuevamente recibidas en la madurez, pero ya en otro suelo y bajo otros términos. El reconocimiento precoz a su fenomenal capacidad (fue un maestro nato) se trocaría en el odioso rótulo de músico degenerado, y Korngold se vería forzado a emigrar como muchos otros, ya fueran judíos o no. En cierto sentido su partida se prolongó todo el resto de su vida. Acabada la Segunda Guerra regresó a su querida Austria, ávido por retomar el camino que los nazis habían interrumpido... pero el nuevo mundo musical lo desconoció. Pertenecía a un universo desaparecido, le dijeron, reemplazado ahora por una experimentación radical que trataba de ser un nuevo comienzo. Korngold no estuvo dispuesto a una capitulación de sus ideales estéticos, y volvió a Estados Unidos.
Allá murió.
Viena, la bipolar, le rindió tributo post-mortem, izando a media asta la bandera del edificio de la Ópera. La viuda del compositor se limitó a comentar: “Es un poco tarde...”.

* * *
No me tomen al pie de la letra cuando a Korngold lo disfrazo de Mahler, sólo recuerden que el bueno de Don Gustavo era una figura señera de una floración mucho mayor. Mahler falleció tempranamente, pero Korngold pudo vivir lo suficiente para descubrir que no los aguardaba un dorado porvenir. El siglo XX fue el siglo de las confusiones; la música no fue la excepción, dividida contra sí misma como una Babel. Buena parte de los radicales que se opusieron a Korngold no fueron sino flores de un día, o perdieron el don de interpretar el corazón de los hombres. El público, hastiado, devolvió su favor y sus aplausos a los que un día injuriara como “músicos degenerados”; los tercos devotos de la belleza. Hoy, cuando las vanguardias de antaño se han marchitado, la música de los post-románticos como Korngold, o de sus discípulos inesperados como Williams, pueden jactarse de disfrutar una espléndida lozanía.

* * *




“The Sea Hawk”, filme de 1940, fue ocasión para una de las más opulentas creaciones de Korngold. Esta banda sonora confiere a la película una nueva entidad, y puede desprenderse de la pantalla fácilmente. Lo demostraron en Moscú: el año 2005 la Orquesta y Coro Sinfónicos de la capital rusa, bajo la batuta de William Stromberg, grabaron la partitura integral compuesta por el genio checo para la película protagonizada por Errol Flynn. Ésa es la grabación que hoy comparto aquí.

THE SEA HAWK - PARTE 1

THE SEA HAWK - PARTE 2


Imágenes de la película

K O R N G O L D | d o c u m e n t o s
- - - - - - -
Elcuervolopez subió el Concierto para Violín, una de las obras de “música pura” más aclamadas del compositor
- - - - - - -



0 comentarios: (+add yours?)

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.